Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente, laborioso e incluso inteligente – siempre dentro de límites reducidos, claro está -,
pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo.
En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra.
No importa que haya o no haya guerra, y tampoco importa si la guerra va bien o va mal, ya que no es posible una victoria decisiva.
Lo único preciso es que exista un estado de guerra.
La desintegración de la inteligencia que el Partido necesita de sus miembros se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra.
Escrito por George Orwell en su obra maestra «1984», que fue publicada en el año 1949. Dicha novela es una crítica contra los estados totalitarios. En ella describe instituciones opresoras encargadas de arrebatar toda humanidad a las personas, como la «Policía del Pensamiento», el «Ministerio de la Verdad», o la «liga Juvenil Anti-Sexual».
George Orwell también es autor de la fábula «Rebelión en la granja», publicada en 1945, en la que narra cómo el ideal de estado socialista-soviético liderado por Stalin degeneró en un régimen autoritario, asesino y empobrecedor.
El señor Orwell luchó como voluntario durante la Guerra Civil española en el bando republicano, convencido de que iba a «matar fascistas porque alguien tenía que hacerlo», como le confesó a su amigo Henry Miller en las Navidades de 1936. Tras vivir la guerra en primera línea de batalla, y tras conocer de primera mano a varios altos cargos y sus motivaciones, su visión del mundo cambió para siempre. Así lo traslada en sus novelas.
El verano que lo dejé con mi novia, después de tres años juntos, me dio por organizar un viaje a los países bálticos. Aunque estaba destrozado por dentro y una parte de aquella «experiencia» consistió en demostrar a quienes me rodeaban lo bien que había superado la ruptura (era todo mentira, cuánto daño hace el querer aparentar lo que no es), tenía la sensación de que estar en casa iba a ser peor que salir a despejarme. Y como ninguno de mis amigos quería unirse al plan, porque estaban emparejados o porque no les llamaba la atención mi aventura, me marché yo solo al norte de Europa.
Tampoco te pienses que fue algo espectacular, como esos viajes que siempre hacen los mochileros nómadas con miles de seguidores en Redes Sociales. Ellos son felices (aparentemente) viajando por el mundo y haciendo reels – qué asco de palabra – en los que muestran las maravillas de Bali, de Tailandia, y de tantos otros lugares mega-guays. Aunque luego por las noches lloren desconsolados por lo mucho que echan de menos a su mamá, como también he visto en algún vídeo por ahí.
Elegí ir al norte de Europa porque siempre me han atraído especialmente esos países. No sabría describirte con palabras el aura que percibo cuando estoy allí, pero es una fuerza que me ha hecho regresar en varias ocasiones. Creo que en otra vida pertenecí a una de las millones de familias judías sacadas a la fuerza de su casa para llevarles a los horrendos campos de concentración nazis, porque de alguna manera me siento conectado con el sufrimiento de los hebreos eslavos durante el Holocausto.
El caso es que durante mi visita en Riga, la capital de Letonia, hice un Free Tour para enterarme de las historias que habían sucedido sobre el suelo que estaba pisando. La mayoría no las recuerdo, pero hubo una que me llamó poderosamente la atención. Trataba sobre la cadena báltica.
Las historias que contaba la guía estaban ambientadas en la Segunda Guerra Mundial. Y también sobre lo que vino después, cuando los países del bloque aliado impusieron a los germanos unas multas que no hubieran podido pagar ni sus tataranietos. Como castigo por la barbarie nazi, también se repartieron los territorios que habían ocupado.
El país más favorecido en el reparto fue Rusia, porque también había sido quien más sufrió las calamidades del tercer Reich liderado por Adolf Hitler. Casi nadie sabe que los soviéticos mandaron a morir a 20 millones de sus ciudadanos intentando frenar los avances alemanes, en sus planes imperialistas de conquistar el mundo a toda costa. Se dice pronto que murieron 20 millones de rusos, equivaldría a hacer desaparecer a la mitad de la población española, y eso que la gran mayoría de los fallecidos fueron hombres en edad de combatir.
En los acuerdos de 1945 firmados en Yalta, Potsdam y, sobre todo, en San Francisco (en esta misma conferencia se creó la ONU), se le permitió a Rusia dominar parte de Finlandia, Checoslovaquia, Ucrania, Rumanía, Bielorrusia, Polonia, la nueva República Democrática de Alemania – tantos años conocida como «Alemania del Este», Hungría y Moldavia. Los tres países bálticos que son protagonistas de esta introducción: Letonia, Lituania y Estonia, también pasaron a estar bajo el yugo soviético. Así, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el proyecto con el que los Lenin, Stalin, y tantos dirigentes rusos llevaban décadas soñando, se hacía una realidad.
Los habitantes bálticos siempre consideraron a los rusos como una fuerza invasora, y no una aliada. Es cierto que los soviéticos expulsaron a los alemanes de sus territorios, pero, con el establecimiento de un comunismo que les hacía pobres irremediablemente, consideraron que el remedio estaba siendo peor que la enfermedad. Se sentían mucho más cercanos a las ideas capitalistas del mundo anglosajón, que a la falta de libertad impuesta a la fuerza por los comunistas rusos.
Como no podía ser de otra manera, la imposición del ruso como idioma oficial, tan diferente a sus lenguas maternas, fue un fracaso. Y como tampoco podía ser de otra manera, planificar desde unos despachos de Moscú la economía, educación o las infraestructuras de naciones con identidad propia, jamás sería una política sostenible a largo plazo. Porque un burócrata fumándose un puro sentado en su confortable sillón nunca entenderá cuáles son las necesidades reales de una población a la que ni siquiera conoce.
Conforme pasaban los años no hacía más que crecer el descontento hacia la ocupación rusa, un régimen que tomaba decisiones totalmente ajeno a las diferentes realidades que sucedían a cientos de kilómetros de Moscú. Y cuanto más tiempo pasaba, más se cansaban los ucranianos de entregar sus cosechas de trigo al imperio rojo a costa de que sus hijos pasaran hambre, más resistencia existía en Polonia a pasar una censura antes de publicar la prensa y los periódicos, o más se hartaban los berlineses de tener un muro que separara sus familias. Por cierto, bendito sistema el comunista, tuvo tanto «éxito» que sus ideólogos se vieron obligados a levantar un muro de 4 metros para que la gente dejara de escapar del Berlín soviético hacia el mundo occidental.

Los bastos territorios de la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial. Eran, con diferencia, el país más extenso del mundo. Y también el que tenía mayor diversidad étnica
Este modelo que consistía en tener unas Repúblicas Socialistas Soviéticas totalmente desmoralizadas, alimentando con sus cada vez más escasos recursos a los dirigentes de Moscú, estaba destinado a fracasar. Uno de los disparadores que desató el derrumbe de la Unión Soviética fue la Cadena Báltica. Se me pone el vello de punta al recordar la historia que contó la guía durante aquel Free Tour, porque fue la cadena humana en la que más personas han participado en la historia de la humanidad, y también la más larga.
El 23 de agosto de 1989 se pararon las fábricas, se cerraron los restaurantes, y se cancelaron las clases, porque ese día en Letonia, Lituania y Estonia sólo había una prioridad: salir a la calle a unir tus manos con las del vecino. Casi todos los padres, abuelos o bisabuelos de estas nuevas generaciones estuvieron allí, más del 80% de sus habitantes participaron en la cadena, según los cálculos más optimistas. Para una población de 8 millones, significó que 6,4 millones de personas protestaron unidos frente al enemigo.
Querían gritar al cielo sus ansias de independencia, en la que posteriormente fue bautizada como la Revolución Cantada. Y lo hicieron como realmente se logran las cosas: sin pegar un tiro al aire, sin dar un golpe a nadie, sin una resistencia partisana oculta en los bosques. Pidieron su liberación de forma pacífica.

La Cadena Báltica unió las 3 capitales: Tallin, Riga y Vilnius. Millones de personas se cogieron de la mano pidiendo la expulsión definitiva de los soviéticos. Ansiaban recuperar su identidad, su independencia, y su libertad.
La cadena báltica sucedió el 23 de agosto de 1989, en el 50º aniversario del pacto Riventrov-Molotov. En aquel infame acuerdo Hitler y Stalin acordaron la ocupación de sus países vecinos en modo «Sandwich»: Alemania se quedaría con Polonia y los soviéticos pasarían a dominar los países bálticos. Como lo oyes, antes de que el Führer traicionara a los rusos y les declarase la guerra, ¡¡¡primero habían sido aliados!!!
Pocos meses después de que la cadena báltica tuviera lugar, fueron cayendo las fichas de dominó una detrás de otra. En Polonia, tras celebrar unas elecciones libres en junio de 1989, donde el partido comunista salió vapuleado, se formó el primer gobierno no soviético desde 1948.
Y el 23 de octubre – aniversario del levantamiento de 1956 en el que murieron casi 3.000 húngaros sublevados contra los rusos -, el presidente interino Mátyás Szűrös proclamaba en Budapest, desde el balcón de la Asamblea Nacional, el final de la República Popular de Hungría. Dando paso a la República de Hungría.
El día nacional de Hungría se conmemora el 23 de octubre, porque en 1956 los anticomunistas húngaros desafiaron a los soviéticos. Aquella revuelta armada salió mal, y los rusos asesinaron a más de 3.000 húngaros revolucionarios, enviando a 20.000 a los campos de concentración. 33 años después, el 23 de octubre de 1989, Hungría declaraba su independencia con Rusia, tras 44 años dominados por el comunismo.
El hecho más famoso de la desintegración soviética fue la caída del muro de Berlín. Ante las presiones por parte de todo el mundo civilizado, y en un clima de convivencia insostenible entre el Berlín occidental y el soviético, a las 7 de la tarde del 9 de noviembre de 1989 daba una rueda de prensa la mayor autoridad del Berlín Oriental, Gunter Schabowski. En ella informaba de que la RDA «anulaba las antiguas restricciones para el cruce de fronteras» entre las dos Alemanias. Ante la pregunta de un periodista de cuándo se eliminarían las restricciones, Gunter Schabowski respondió que la orden entraba en vigor «ahora mismo, de inmediato».
Fue la señal definitiva para que la frontera que había estado separando las familias alemanas durante 28 años, pasara a rellenar unas tristes páginas de los libros de historia europea. Aquella noche los alemanes del Este acudieron en masa al muro, y simplemente mostrando su carnet de identidad, pudieron cruzar por los pasos fronterizos. Algo inimaginable desde que levantaron ese horrendo tabique en 1961, que tantos disgustos y muertes había ocasionado a quienes intentaban escapar de la miseria comunista.
Enseguida se corrió la voz entre los berlineses del Oeste, quienes fueron a recibir a sus compatriotas con los brazos abiertos. Aquella noche se celebró una fiesta improvisada en la puerta de Brandemburgo, tras casi 3 décadas de sufrimiento. La libertad se abría paso frente a la represión, no había vuelta atrás.

Qué delicias de fotos en blanco y negro nos dejan aquellas históricas jornadas cuando el régimen comunista soviético estaba agotando las pocas fuerzas que le quedaban. La caída del muro de Berlín no se hizo bombardeando con tanquetas. Fue la apertura natural de unas fronteras que llevaban demasiado tiempo cerradas.
Volviendo a tierras bálticas, en marzo de 1990, el Consejo Supremo aprobó la «Declaración de Restablecimiento del Estado de Lituania», con 124 diputados a favor y 6 abstenciones. La URSS todavía no estaba por la labor de dejar escapar sus «colonias bálticas», así que metió los tanques en su capital, Vilnius, asaltando la radio y televisión públicas, en unos incidentes en los que murieron 15 manifestantes. Finalmente, el 9 de febrero de 1991 de enero, el Referéndum por la Independencia de Lituania ganó con un aplastante 93% de apoyo, siendo el primero de los países bálticos que declaraba su independencia.
En Estonia – el único estado que no lamentó muertes en este proceso – el referéndum de marzo tuvo un 73% de apoyo; mientras que en Letonia, a pesar de que las fuerzas soviéticas tomaron el Ministerio del Interior dejando 6 fallecidos, el 74% de los votos querían separarse definitivamente de Rusia. Varios países como Dinamarca ya habían reconocido a los países bálticos su plena soberanía, pero la comunidad internacional sólo lo hizo después del 21 de agosto de 1991, cuando fracasó el golpe de Estado en Moscú contra Gorbachov. El Imperio Rojo reconocía su independencia el 6 de septiembre, 3 meses antes de que oficialmente dejara de existir la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuando Mijaíl Gorbachov dimitió como presidente el día de Navidad de 1991.
Cierro esta introducción pidiéndote que, si alguna vez tienes la suerte de viajar a los países bálticos, haz un pequeño esfuerzo pensando en que todo aquello que verás es el resultado de incontables lágrimas derramadas, de demasiadas muertes injustas, y de varias décadas de opresión. Las ganas de prosperar que vas a respirar cuando pises esas tierras nórdicas no son fruto de la casualidad, no. Son el resultado de haberse ganado su libertad a pulso, entregando su propia sangre a cambio de un futuro mejor.

Un manifestante lituano se enfrenta a un tanque soviético en enero de 1991, durante la revolución en Vilnius contra la ocupación rusa. Unos meses después Lituania, y el resto de países bálticos, conseguirían la independencia del comunismo. Se abrían paso en su camino hacia la libertad.
La realidad de un Broker Market-Maker: sus beneficios vienen de lo que pierde el operador
Bien, he comenzado con este amplio relato sobre la cadena báltica por dos motivos. El primero, para aportar mi pequeño granito de arena sobre la historia europea, un tema que me fascina, y que intento transmitir como mejor sé hacerlo. Me parece fundamental recordar de dónde venimos porque muchas veces nos creemos el centro del universo, y se nos olvida lo mucho que han sufrido las generaciones pasadas para que estemos disfrutando del bienestar que disfrutamos hoy en día.
También creo que recordando las atrocidades que han padecido quienes ya habitaban este planeta, y los motivos que llevaron a los del otro bando a cometerlas, podremos evitar que sucedan de nuevo. Siendo conscientes de hacia dónde llevan ciertos camintos, las nuevas generaciones no caerán en los mismos errores que nos precedieron. O al menos no deberían repetirlos.
Así conseguiremos, entre todos, construir un futuro que merezca la pena ser vivido.
El segundo motivo por el que he elegido esta introducción para enlazar con el tema que viene ahora, el del Market Maker, es por el concepto central de este artículo: la responsabilidad. Voy a hablar sobre lo que es un bróker Market-Making sin caer en victimismos absurdos que no llevan a nada. En el artículo no van a aparecer chascarrillos del estilo «el Market Maker se lleva mi dinero porque sabe dónde he colocado el Stop y van a por él, deberían prohibirlos».
Se trata de entender qué es un broker Market-Maker, y descubrir la cruda realidad de por qué ganan tantos millones. Una vez que llegues a ese punto de pleno entendimiento, no vale andar echando balones fuera y culpar a otros de las desgracias que te sucedan en bolsa. Hay que hacerse plenamente responsable de tus resultados.
Al igual que los habitantes bálticos prefirieron hacerse cargo de su destino, en vez de seguir cediendo las riendas a los vecinos soviéticos. Quienes les entregaban una hogaza de pan para que no pasaran hambre, sí. Pero por detrás, en cuanto giraban su espalda, les estaban robando cuatro panes.
El Bróker es el intermediario que te permite acceder a los mercados de capitales, lleva tus órdenes de compra al mercado y te entrega los títulos que querías adquirir. Si quieres comprar unas acciones del Banco Santander, no te queda otra que mandar el dinero a través de un bróker. Así está montado el sistema financiero actual.
La peculiaridad del broker Market-Maker es que da la contrapartida en todas las posiciones. Lo que compras, se lo compras al bróker, y no a alguien que posea los títulos. Y lo que vendes, se lo entregas al bróker.
Esto implica que el Broker Market-Maker también recoge todos los beneficios o las pérdidas del trader. Es decir, que funciona como la ruleta de un casino. El dinero que hay encima de la mesa apostando a las subidas o las bajadas, o te lo llevas tú, o se lo lleva la casa.
Pero cómo va a ganar dinero el Bróker con mis pérdidas, ¡Entonces van a manipular los precios para ir en mi contra! Deberían prohibirlos…
Sí, has leído bien, las millonadas que tienen los brókers para invertir en publicidad, salen de los millones que pierden sus clientes. Y no eligen patrocinios baratos ni mucho menos, no. Se me viene a la cabeza Plus500 estampado en la camiseta del Atlético de Madrid, FxPro impreso en la carrocería de los Fórmula 1 de la escudería McLaren, o Usain Bolt, el hombre más rápido de la historia, promocionando XM.
Esta sencilla observación nos hace caer en la cuenta de que los brókers de trading tienen entre sus manos unos negocios multimillonarios, pero no es la única. Si miras un poco a tu alrededor con los ojos abiertos, te darás cuenta de otras señales por ti mismo.
Ahora bien, quiero dejar clara una cosa: que el bróker Market-Maker se alimente de las pérdidas de sus clientes, no significa que sea el responsable de esas pérdidas. El único responsable de abrir una cuenta de trading con 10.000€ y perderlos después de 2 meses, es quien abrió esa cuenta de 10.000€, y nadie más.
Respecto a posibles teorías de la conspiración, mira, es cierto que cuanto más pierda el trader, más ganará el bróker Market-Maker. Pero eso no significa que estén haciendo trampas yendo a saltarte los Stops y girándose justo en ese precio. El principal motivo es porque no les hace falta, como te voy a demostrar un poco más adelante.
El bróker Márket-Maker no está rompiendo ninguna norma (eso les podría causar unas multas millonarias), es una figura jurídica que está permitida y regulada por la CNMV y demás supervisores financieros. Si la gente los dejara de utilizar, no existirían. Como tampoco existirían los burdeles si nadie entrara por sus puertas buscando un cariño que no recibe en su casa.
Si no te interesa trabajar con un Market-Maker, la alternativa son los bróker ECN (Electronic Communication Network). En un ECN puedes estar casando tu orden de compra contra la venta de un ejecutivo multimillonario que está en un rascacielos de Nueva York, un pobre diablo que vive en un bajo inundado y sin luz en un barrio de mala muerte de Taiwán, o incluso con el vecino de arriba. Una vez que la lanzas al mercado te despreocupas, no sabes contra quién estás ganando o perdiendo ese dinero.
El verdadero motivo por el que el Bróker Market-Maker gana tanto dinero
El negocio del bróker Market-Maker es extremadamente lucrativo porque nuestra naturaleza nos empuja a perder todo lo que depositamos. Por eso cuando entras en una casa de apuestas el gerente quiere que te sientas a gusto allí dentro: te invitan a la primera copa, te ceden unos asientos de lo más cómodo, te ponen una música ambiente súper agradable… Saben que, cuanto más tiempo pases dentro del local, más dinero terminarás dejándote.
Sus dueños simplemente tienen una empresa que apuesta sobre seguro. Al igual que quien monta una panadería sabe que en su barrio la gente llamará a su puerta todos los días para comprar la ración de pan.
Pues quien monta un Márket-Maker (o una casa de apuestas deportivas, o un casino, u organiza una timba de póker con sus colegas en su casa y él mismo hace de croupier), tiene el éxito asegurado.
Los economistas Khaneman y Thaler recibieron el premio Nobel de Economía en 2002 y 2017 demostrando esta realidad. Su teoría se llamó «Economía del Comportamiento». Expusieron que tomamos decisiones económicas completamente irracionales, que nos perjudican una y otra vez.
Por ejemplo, a un abuelete no pretendas comprarle su casa por siete millones de euros, que no te la va a vender. Aún sabiendo perfectamente que nadie le va a dar más de 1 millón por su propiedad, para él pesa más morir en la misma casa donde nació, y donde lleva toda su vida viviendo. Podría dejar solucionado el futuro de sus nietos, incluso de sus bisnietos, pero el factor psicológico le impide tomar una decisión puramente racional.
Por eso, cuando se trata de hacer trading, nuestro cerebro se encarga de hacernos daño. Nos vemos obligados a tomar decisiones donde el factor emocional pesa mucho más que unos simples números, caemos en nuestra propia trampa. Si quieres ampliar información sobre la psicología del trading y los mecanismos que se activan en tu cabeza cuando tienes dinero en juego, puedes echar un vistazo al siguiente post:

El bróker ECN reparte las cartas, y el dinero que hay encima de la mesa se lo quedan los jugadores, cambiando de unas manos a otras. Aquí el bróker gana cobrando una pequeña comisión por cada operación. En el Market-Maker, el bróker se queda todo el dinero, o en muy pocos casos, el trader.
El excepcional caso de los García-Pelayo abre una esperanza entre tantas dificultades. Nos demuestra que la banca no siempre gana
Gonzalo García-Pelayo fue un avanzado a su época. Comenzó a utilizar los ordenadores para almacenar los resultados de las tiradas de la ruleta que había en el casino de Torrelodones. Algo que ahora podríamos hacer creando una base de datos en una simple hoja de Excel, en los años 90 no era tan fácil, porque no había computadoras.
Después de estudiar miles de lanzamientos Gonzalo García-Pelayo llegó a una conclusión: ciertos números salían más veces que otros, y había patrones que se repetían. Basándose en sus conclusiones creó un método capaz de batir a la probabilidad negativa de la ruleta.
Probó el método y constató que tenía éxito, así que organizó a su familia, les explicó el sistema y les puso a trabajar. Iban al casino cubriendo diferentes horarios, y poco a poco iban retirando los beneficios que obtenían. Hizo de sus más allegados unos jornaleros de la ruleta, como si fueran a la fábrica.
El clan García-Pelayo llegó a ganar más de 200 millones de pesetas en el Casino de Torrelodones, lo que era una auténtica fortuna antes de que llegara el euro y cediéramos nuestra soberanía monetaria al tóxico Banco Central Europeo. No les duraron mucho las alegrías, porque el casino les prohibió la entrada al comprobar la millonada que les estaban arrebatando. No pudieron regresar, pero tampoco importaba, habían amasado suficiente patrimonio, y habían descubierto una rendija en el sistema por la que colarse.
La moraleja es que ninguna casa de apuestas es invencible, pero hace falta estudiar a fondo el comportamiento del mercado, porque tienes todo en contra para salir esquilmado. El mercado financiero es la guerra más sucia del mundo, es una jungla donde impera la ley del más fuerte, y van a ir a por tu dinero sin ninguna piedad. Si vas a la batalla con tirachinas mientras que tus oponentes llevan cañones, no hace falta ser muy listo para saber lo que va a suceder.
El problema es que la mayoría de operadores llegamos a la bolsa con muchas prisas por hacer dinero, y en cuanto las cosas se tuercen desviamos la atención hacia fuera en lugar de mirar dentro de uno mismo buscando mejoras. Es mucho más fácil decir «en un seminario online gratuito vi una estrategia que funcionaba en directo, y quien lo impartía dijo que sólo hace falta dedicarle un par de horas al día para dejar el trabajo, así que voy a probar»…; A decir: «venga, me voy a poner con un sistema que comprendo, voy a estar 2 años en simulado haciendo trades y revisándolas, y cuando me sienta seguro y tenga un histórico de operaciones en verde, saltaré a real».
Apostar VS Operar. Tú también puedes asaltar la banca, pero sólo hay una forma de lograrlo
Ante ti se abren ahora mismo dos caminos, como en su momento tuvieron que elegir los países bálticos. El primero es el de seguir culpando al bróker Market-Maker de tus pérdidas, o a las políticas de la Reserva Federal, o a la última barrabasada que haya soltado por la boca el Donald Trump de turno, y que haya movido el mercado. O la de echarle la culpa a saber el qué, porque llegará un punto en el que hasta se acaban las excusas.
Si los habitantes de Hungría, Checoslovaquia, o Polonia, a quienes los soviéticos habían arrebatado su identidad, se hubieran quedado en casa quejándose por la mala fortuna que les había deparado la vida, seguirían exactamente igual que como estaban en los años 60, 70 y 80. Es decir, siendo esclavos de los rusos. Pagándoles el caviar mientras ellos pasaban hambre.
En cambio, prefirieron arriesgarse, desafiar a la autoridad y pelear por un futuro mejor. A pesar de la incertidumbre que les supondría perder la protección de un estado paternalista que les garantizaba cierta seguridad (una falsa seguridad, como siempre sucede), ellos consideraban que merecían muchísimo más. Y entrelazando sus manos aquel 23 de agosto de 1989, fueron a por ello.
Como nadie regala duros a cuatro pesetas, y para llegar al éxito no existen atajos sin trabajo, yo te propongo empezar por el principio. Al igual que comenzaron los países bálticos desde cero, después de que el sistema comunista les dejara arrasados. Tuvieron una oportunidad para construir su propia historia, y no la desaprovecharon.
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Artículo firmado por Enrique Bernardo Mazón Haya
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