Sobre mí
Enrique
BERNARDO MAZÓN HAYA
A ver, empieza contándome de dónde viene ese nombre de telenovela
El primero, Enrique, es por mi abuelo materno, Enrique Haya.
Aunque a él le conocían como don Enrique, ya que en su época los maestros eran respetados, tenían autoridad en el aula y se les trataba de usted.
Qué tiempos aquellos en los que todo el mundo valoraba la educación que los niños recibían en la escuela…
El segundo nombre es por Bernardo Mazón, mi padre.
La gente siempre se ha burlado de mi nombre compuesto, pero la verdad, a mi me gusta que mis padres eligieran llamarme así.
Quizás porque me gusta seguir tradiciones. Sobre todo las que no comprendo. Esas son las mejores.
O quizás porque prefiero los valores clásicos a los modernos.
Bueno, como creo que esta breve carta de presentación no es suficiente, te voy a seguir contando por qué he llegado hasta aquí.
Qué tendrás en tus entrañas, Cantabria, que siempre me atrapas entre tus garras, y me impides olvidarte, aún cuando más lejos me encuentro.
Los títulos que respaldan el excelente trabajo que hago con los que podría ganarme tu confianza para engañarte e ir a por tu dinero
Estoy licenciado en Administración y Dirección de Empresas, aunque si te soy sincero, si volviera atrás no estudiaría lo que estudié. A esa edad, los 18 años, casi nadie está preparado para decidir hacia dónde enfocar su vida. Al menos yo no lo estaba, y como no tenía vocación por nada, tiré por lo que más fácil me parecía y que más salidas podía tener.
En segundo de carrera me di cuenta de la cantidad de tiempo que estaba tirando a la basura, así que pedí al Rectorado compaginar ADE con Teleco, era un reto que me motivaba. Recuerdo perfectamente cómo Ángel Cobo, que por aquel entonces era Vicedecano de la Universidad de Cantabria, me recibió en su despacho. Y recuerdo cómo, sentado enfrente de mí, me confesó que nadie le había pedido nunca estudiar dos carreras a la vez, pero en lugar de facilitármelo, me dijo que no podía aprobar mi solicitud porque me estaría saltando no se cuántas normativas.
Aquella fue la primera vez que me estampé contra la burocracia, esa que te pone palos en las ruedas en lugar de empujarte a cumplir tus proyectos; pero no me iba a rendir tan fácilmente, no. Entonces hice lo único que podía hacer: utilicé los créditos de libre elección para matricularme de todas las asignaturas de primero de Teleco que pude, en lugar de rellenarlos haciendo talleres chorra que no sirven para nada. Aprobé todo aquel año aunque fue una buena paliza, porque en Económicas asistía a las clases del turno de tarde e iba a la facultad de Telecomunicaciones por las mañanas.
Supongo que en ese momento tenía que haber reconocido mi error, asumir que había desperdiciado casi dos años y reenfocar mi carrera a una ingeniería, que es lo que realmente valora el mercado laboral para acceder a los puestos Top. Pero en lugar de tomar el camino difícil, cogí la beca Erasmus y me tiré un año de vacaciones en Inglaterra con todos los gastos pagados a costa del gobierno de Cantabria, del ministerio de Educación, y de la Universidad. Porque sí, en eso consisten las becas de intercambio: en ir a un sitio a hacer lo mínimo – deberían exigir unos mínimos de productividad, por Dios -, a emborracharte, y a tener un montón de relaciones superficiales con gente que está igual de perdida que tú. Y lo que es peor: te corres la juerga con los impuestos que paga el currito, a quien no le sobra el dinero a final de mes.
Al regresar a España cursé el último año en Salamanca con otra beca de intercambio nacional, haciendo lo mismo que había estado haciendo en Inglaterra. Es decir, nada. Pasear los libros, conocer todas las discotecas del lugar y mucho jiji jaja.
Además, en aquella época no me costó nada aprobar, porque como eres el de fuera, los profesores te ríen las gracias y se sienten casi obligados a regalarte las notas para que vuelvas en el futuro. O a saber muy bien por qué, pero el caso es que nadie se atreve a dar un puñetazo en la mesa y denunciar esta vergüenza. Por no hablar de la obsesión que tenían los Decanos con mejorar el porcentaje de aprobados, a costa de bajar la calidad, claro.
Al terminar la carrera seguía sin tener ni idea de lo que quería hacer, y tuve la suerte de que mis padres me pagaron un Máster en una de las mejores escuelas de negocios de Madrid. Aquello fue ya el acabose del absurdo, porque si en la Universidad no aprendí nada, en el Máster no aprendí nada de nada. Y eso que había pasado por caja (gracias papá y mamá por apostar en mis posibilidades como lo hicisteis, nunca os estaré lo suficientemente agradecido por todo lo que habéis hecho por mi).
En ese momento, al terminar el Máster, se suponía que ya estaba listo para trabajar. Entraría en una consultoría o una auditoría, estaría metiendo 60 horas de oficina a la semana – dejándome ver en los garitos de moda los jueves con mis compañeros enfarlopados y saliendo a cenar los viernes a restaurantes de 120 pavos el cubierto – y después de 5 años me ficharía algún banco o alguna de las empresas que cotizan en el Ibex35 para llevar su departamento financiero. Se suponía que debería haber sido así, pero no lo fue porque al final tomé las riendas de mi vida.
Regresé a Santander y me puse a trabajar con mi padre yendo a los eventos deportivos, con la compañía que él mismo creó, uno.es (la clavó al registrar aquel dominio, una vez se lo quisieron comprar los de los calzoncillos). El resto del tiempo que tenía libre me recluía en mi cuarto para estudiar sobre bolsa y mercados. Descubrí que ése era el campo al que me quería dedicar, una semilla se había quedado incrustada en mi interior el día que salí fascinado del despacho de Javier, al lado del ayuntamiento de Santander, y al fin la planta crecía y pedía paso para salir.
«Eres un arrogante porque has puesto a caer de un burro a toda la gente que se esfuerza estudiando. Se dejan los cuernos y dices que no vale para nada»
Antes de continuar quiero hacer un inciso, que igual te piensas que he nacido ayer. Bueno, mejor quiero hacer dos incisos.
El primero es para decirte que intentar caer bien a todo el mundo es la vía más rápida para fracasar, o de pasar por la vida como una maleta. Serás siempre políticamente correcto, o lo que es lo mismo, serás un cero a la izquierda y nunca nadie te recordará por nada de lo que hayas hecho. Porque no habrás hecho nada que merezca la pena recordar.
El segundo inciso es para dejar claro que no quiero despreciar el esfuerzo de nadie, ni los logros que cada uno se marque. Ya sé que sacar un título supone un esfuerzo, y que cada uno tiene unas capacidades, y que a algunos les costará más y a otros menos.
Lo que te quiero dar es un tirón de orejas, transmitiéndote que, si tienes capacidad para dar más, no te quedes solamente en ir a por el título. En lugar de ir a lo mínimo, tienes que ir a por lo máximo que puedas dar, ya sea en tu trabajo, en tus estudios, o hasta cuando cocinas. ¡Anda que no hay una diferencia brutal entre hacer un guiso con mimo, dejándolo reposar varias horas, con ingredientes naturales… o calentar en el microondas una lasaña precongelada!
Ahí fuera el mundo que tienes por explorar es fascinante, como para quedarte mirándolo desde la ventana encerrado en casa. Al final vida sólo hay una, y cuando llegues al final no vas a pensar en lo bien que te portaste para que tu jefe te felicitara, ni en la cantidad de papeles inútiles que rellenaste vendiendo tus horas, ni en la paguita que te daba el Estado para subsistir. Te preguntarás por qué nunca hiciste algo que de verdad te hiciera sentir orgullo.
Además, no puedes esperar que la vida tenga algo preparado para ti por tu cara bonita, o por tus títulos, porque no es así. Nadie te debe nada, y nadie te va a dar nada, porque en el fondo no le importas a nadie. Solamente le importas a quien, o a quienes, puedan sacar algo de ti.
Por lo tanto, ¿quieres sentirte realmente querido, realmente apreciado? Entonces sé egoísta y esfuérzate y haz cosas por los demás, porque te vendrán de vuelta. Te digo que seas egoísta, porque si quieres cosas buenas para ti, la única manera de conseguirlas es ponerte al servicio de otros.
Crear un negocio es una manera fantástica de ayudar a la gente, porque enseguida te vas a dar cuenta si tienes algo que ofrecer, ya que, cuanto más facturas, más le estás facilitando la existencia a otras personas. En cambio, si lo intentas y fracasas rotundamente, no habrás causado ningún impacto en nadie. La vida te habrá puesto en tu sitio a las primeras de cambio de una buena bofetada.
Ya expresó esta gran verdad Javier Milei, el presidente de Argentina, en su discurso de Davos. Teniendo delante a la mayoría de gobernantes mundiales, les dijo:
«Un empresario de éxito es un benefactor social porque está haciendo del mundo un lugar mejor».
Y ojo, que puedes ayudar a la gente de muchas otras maneras, no solamente montando empresas. ¿Aclarado este punto? Entonces sigo…
Vale, tengo claro que conformarme con las cartas que me han venido dadas no es una opción
Y que si entrego cosas buenas a la gente, pero buenas de verdad, también recibiré cosas buenas de vuelta
Todo esto está muy bien, pero quiero que me cuentes qué has hecho hasta ahora
Cuando empecé a trabajar en OSTC en la calle Velázquez de Madrid, en pleno barrio Salamanca. Recuerdo que al lado vivía Rodrigo Rato. También estaba cerca la mítica discoteca Gabana.
Después de aquella época en que regresé a casa y estuve un año investigando por mi cuenta cómo funcionaba la bolsa sentía que, ahora sí, podía aportar al mundo algo de verdad, así que escribí a diferentes empresas de Madrid presentándome y ofreciéndome para trabajar. Pasaban las semanas y la ansiedad empezaba a ahogarme porque nadie contestaba, hasta que un día recibí un correo citándome para una entrevista, ¡querían conocerme! Era una compañía británica de Prop Trading que estaba creciendo y buscaba jóvenes recién salidos de la facultad para formarles desde cero en su división española.
Pero no fue tan sencillo colocarme en el puesto que había soñado, qué va. Antes de contratarme nos tuvieron a prueba en una sala de formación sin cobrar ni un duro. Era lo que llamaban el Trading Lab, y en el fondo era un proceso de selección interno gratis porque nos tenían a 10 tíos observándonos desde fuera y, después de 4 meses, los jefes ya se hacían una idea de quién valía y quién no.
Para cumplir mi sueño estuve viviendo en la casa de mi primo en Ciudad Lineal, un barrio a las afueras de Madrid, a quien asalté prácticamente de la noche a la mañana para convertirme en su Okupa. Me compré una Daelim History de segunda mano por 500€ (fue un buen trato, porque vendí la moto un año después en 550€) y por las noches, cuando salía de la majestuosa oficina que tenía la empresa en el barrio Salamanca, me iba al Pizza Hut de la calle Aquitania a repartir pizzas, muchas veces bajo cero en el duro invierno madrileño. Entregué mi último pedido el fin de semana después de firmar el contrato de trabajo en OSTC.
En OSTC me enseñaron el sistema de trading de Reversión a la Media, el mismo que enseño en el Curso. Lo que pasa es que la plataforma costaba más de 1.000€ al mes y tradeábamos Spreads, que son productos financieros complejos. Lo que yo hice fue bajar del cielo las bases del sistema, que eran buenas, para que cualquier trader, hasta uno con una cuenta de 500€, pudiera hacer lo mismo que hacíamos en aquel trading floor parecido a los de Wall Street, y además hacerlo con herramientas gratuitas.
Quiero dejar claro que yo no he inventado nada, sino que he aprendido de otros traders que llevaban allí muchos años. Por lo tanto, en esta Academia no sólo traslado mi experiencia, también la de quienes estaban por encima de mi, de quienes aprendí casi todo lo que sé. También te digo que en OSTC tuve años bastante buenos – en uno lo destruí, porque saqué más de 100.000€ del mercado -, y otros más regulares, pero siempre terminando en verde.
Pero más que con los resultados, lo mejor de esa época fue darme cuenta de que no quería conformarme con ser un empleado más, cerrar el chiringuito a las 6 de la tarde y despedirme hasta el día siguiente, así que en los pocos ratos libres que tenía me puse a montar este sitio web de la nada. El resto de mis compañeros se ponían a ver vídeos chorras de Youtube, perdían el tiempo en redes sociales, o los viernes se quedaban a tomar unas cervecitas. Yo ya había conocido esa cara de la moneda y no me gustaba porque ya sé a dónde te lleva: a ser un esclavo mediocre toda la vida.
También creo que el ejemplo que ves en casa define en gran parte tus comportamientos, aunque haya épocas en las que estés metiendo la pata y estés en un camino que no es el correcto, como me sucedió a mi. Yo a mi padre siempre le he visto buscando la excelencia de su empresa, y creo que lo ha conseguido porque por algo le llaman una y otra vez de las mejores competiciones de España para que las cronometre. Pero le ha costado lo suyo, porque la mayoría de días dan las 11 y las 12 de la noche y sigue enganchado en el ordenador o está abajo, en la oficina, tratando de que el día del evento todo salga bien.
Mi madre – Rocío Haya – es otra persona que lo ha dado todo por su familia, sin dejarse nada en el camino y sin buscar las dosis de dopamina rápida que tan distraídas tienen a las mujeres hoy en día, en lugar de centrarse en lo que de verdad importa (amiga, ¿tanta necesidad tienes de enseñar carne para llamar la atención?, ¿de verdad no tienes nada mejor que aportar al mundo?). Ella ha sido la directora del colegio que fundaron mis abuelos, haciéndolo siempre lo mejor que ha sabido y dedicando muchísimas horas. Porque no es lo mismo ser un maestro que a las 2 de la tarde se le cae el boli y ya le verás mañana, que ser la responsable de 30 trabajadores y más de 300 alumnos con sus correspondientes padres.
Aún cargando a sus espaldas con esa pesada mochila, nunca nos ha preparado una comida congelada ni a mi hermana ni a mí, siempre hemos tenido un plato de comida caliente cocinado por ella a mediodía, y otro en la cena. Esas tareas silenciosas no recibirán likes, pero cualquier niño las agradecerá infinitamente más que tener una madre ausente que se va de viaje con las amigas a Bali, o a donde sea. Bueno, como no puedo hablar en boca de nadie, al menos yo, cuanto más pasa el tiempo, más valoro haber recibido tanto amor desinteresado.
¿No has trabajado en ningún sitio más que en OSTC, aquel Prop Trading inglés?
Ya llevaba 5 años en OSTC cuando, un día de verano que estaba comiendo con mis padres en nuestra casa de Santander, de repente sonó el teléfono con un número desconocido en la pantalla. Era Alejandro Hamlyn, el propietario de Grupo Hafesa – empresa que lleva sus apellidos -, uno de los mayores distribuidores de Gasoil de España. Un conocido mío, que sabía que me dedicaba al trading de futuros de materias primas, le había pasado mi contacto.
Alejandro me contó que le estaba persiguiendo la Guardia Civil (luego supe que habían entrado a punta de pistola a la oficina para llevarse todos los papeles), y que casi todos los empleados habían salido espantados, como ratas que abandonan un barco que se hunde. En ese llamada me propuso ser el responsable de Trading y Gestión de Riesgos de su negocio. Alejandro Hamlyn estaba descargando dos barcos de Gasoil al mes en el puerto de Bilbao y uno en el puerto de Motril.
Llegué a su oficina de Madrid, que estaba en la planta 37 de una de las Cuatro Torres, y después de tantearme con 3 preguntas básicas para comprobar si sabía de qué iba la película, me dijo que cuánto quería ganar. Así fue como, de un día para otro, conseguí duplicar mi sueldo (y eso que en OSTC me consideraba bastante bien pagado), y pasé a ganar mucho más de lo que pensé que un chaval de 27 años como yo podía cobrar.
Esta foto es postureo del vomitivo. Pero oye, también puedo decir que estuve trabajando en el tercer edificio más alto de España
Después, como tenía la experiencia de haber comerciado con barcos de Gasoil, me fichó otra empresa de Singapur que también movía petroleros por el mundo para hacer lo mismo: establecer el precio de compra sobre el cargamento del barco y gestionar los riesgos de los precios. Sólo que esta vez el volumen era unas 10 veces el que movía en Hafesa. Cada barco transportaba más de 300 millones de litros (da para que reposten 6 millones de coches).
De momento prefiero no dar muchos detalles sobre esta experiencia y la empresa que me contrató, más que nada porque no quiero que me cierren la página web, ya que hay países en guerra entre medias. Yo ya no me fío de nadie en esta dictadura disfrazada de democracia, en la que en cuanto sacas un pie fuera del tiesto y haces algo un poco diferente, todos te señalan y te buscan la ruina. ¿O acaso crees que estoy exagerando?
Por si no lo recuerdas, hace cuatro días quienes no pasaron por el aro de la vacuna del COVID y decidieron no introducir en su cuerpo una sustancia que no estaba probada por nadie, fueron señalados como un peligro público. En la televisión había incluso tertulianos pidiendo localizarles, como si hubiéramos regresado a la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, cuando marcaban las casas de los judíos con una estrella de David para luego llevarles a los campos de concentración. Eso si, siempre realizan estas atrocidades por tu propia seguridad, para cuidarte y protegerte.
Aquí estoy cuando visité la oficina de Singapur, en la planta 46 de Singapore Land Tower. Mis compañeros quedaron encantados con el jamón de bellota que les traje desde España. Que «a ver dónde podían comprarlo», me preguntaban.
Respecto a este oficio que estuve desempeñando, quiero decirte que la dinámica de un gestor de riesgos para mercancías que viajan por el mar es relativamente simple. Si compras el petróleo a un precio X y vas a venderlo 3 meses después, existe un riesgo de que los precios hayan caído y tengas que asumir una pérdida millonaria. Para eso existen los contratos de futuros, para cubrir esos riesgos y asegurar la ganancia. Y para eso existe el trabajo del Gestor de Riesgos, el mío, que es decidir con cuántos contratos cubres la mercancía, cuándo los abres y cuándo los cierras, una vez el producto está vendido.
Si, te has fijado bien, en estos dos últimos trabajos he unido el concepto de «Trader» al de «Gestor de Riesgos». Están tan íntimamente relacionados que no puedes hacer una de las tareas bien sin tener en cuenta la otra. Esta lección la aprendí de Narciso Vega, un gestor de fondos de inversión que venía directo de la City de Londres a darnos unas formaciones, cuando estaba en OSTC.
El hombre traía unas presentaciones de Power Point que eran un coñazo, aquello no había por dónde cogerlo (como el 90% de las presentaciones corporativas o de supuestos expertos, que provocan muchos más bostezos que aplausos), creo que ni él mismo se creía lo que nos estaba contando. Era la tercera o cuarta vez que Narciso venía a la oficina, nos conocía de sobra y veía que éramos unos chavales jóvenes con ambición por hacer dinero, con los peligros que eso conllevaba. De todas sus sesiones sólo recuerdo un momento de pausa que hizo en una presentación, se olvidó del Power Point infumable, y nos dijo desde sus adentros más profundos:
«Vosotros no tenéis que pensar en hacer dinero todavía.
Tenéis que pensar en gestionar el riesgo.
Sólo así terminaréis ganando dinero»
Aquella frase fue tan sincera y se me quedó tan grabada en la mente, que la aplico en el curso de Trading desde el minuto uno, y en los 6 meses de operativa en directo que incluye el curso.
Las instituciones que he pisado (y en las que nunca aproveché los recursos que tenía a mi disposición, ni valoré la suerte que tenía por estar allí)
Bueno, te reconozco que el CFA sí que me costó sacarlo.
Para un poco el carro. Si tan bueno eres haciendo Trading, ¿por qué has montado una academia en la que vendes un curso?
Una vez vino el cartero a casa a entregarme un sobre certificado. Al ver mi nombre y apellidos el hombre se me quedó mirando, y me preguntó si yo tenía algo que ver con don Enrique Haya, el del colegio Haypo. Cuando le dije que sí, que era mi abuelo, me dijo que había sido su maestro desde pequeño, y que le estaba muy agradecido porque fue exigente con él.
Por desgracia no pude conocerle mucho, porque falleció una nochevieja por un problema del corazón cuando yo tenía 10 años. Pero he escuchado historias suyas de mi abuela y de la gente de los dos pueblos de Cantabria en los que se crió, Igollo y Bezana. Se quedó huérfano de madre y de padre siendo un niño, y le separaron de su hermano para que distintos familiares se hicieran cargo de cada uno.
Los tíos con los que fue a caer apenas le daban de comer y le pegaban buenas palizas sin venir a cuento, debió de ser una niñez con mucho sufrimiento. Él tenía claro que no quería un futuro de miseria, pero tampoco podía permitirse el lujo de dejar de limpiar cuadras para estudiar, porque tenía que sacar unos reales con los que malvivir. Entonces lo que hizo fue pedir prestados a los chavales del pueblo los libros que ellos habían usado en cursos anteriores, para ir examinándose por libre y fue así como, poco a poco, se sacó Perito Mercantil.
Mi abuela Elisa llegó a Santander con 4 años. A su padre le perseguían los nacionales por un chivatazo, así que tuvieron que escapar de Cádiz, de donde eran. Si se hubieran quedado allí, los nacionales les habrían matado y yo no estaría aquí.
Primero escapó mi bisabuelo Manuel Porrero Ortiz (1910 – 1966) escondido en un barco de vapor que se llamaba el Dómine, y que hacía el trayecto Cádiz-Barcelona. Se salvó porque los espíritus le dieron instrucciones súper precisas (día de embarque, nombre del barco y la misión que tenía que cumplir una vez llegase a Barcelona), y las siguió al pie de la letra. No, no estoy de broma, en aquella casa, el número 1 de la calle Santa Elena de Cádiz, las mujeres hacían sesiones espiritistas en la planta baja, a las que acudían los difuntos para guiar a quienes estaban presentes en esta vida.
Por su parte, mi bisabuela Juana Soto Ávila (1908 – 1979) huyó con mi abuela en la parte de atrás de un camión de pescado. Cuenta mi abuela que recogieron a un autoestopista pasado Despeñaperros, y que cuando llegaron a Madrid se dieron cuenta de que este desgraciado les había robado todo el equipaje al descuido, dejándolo caer antes de su parada para recogerlo luego.
Tendrían que llegar a Santander, una ciudad que no conocían, con una mano delante y otra detrás porque les habían robado hasta el último centavo. Y por entonces la vida no era como ahora, que tenemos toda la información a golpe de Wikipedia. Cuenta mi abuela que, de la desesperación y la angustia, su madre vomitaba sangre entre las lágrimas que le caían.
¿Y por qué te hablo de mis abuelos Enrique y Elisa?
Pues porque se conocieron, se casaron, y fundaron un colegio en el centro de Santander. Es el colegio Haypo. El significado de las siglas es la unión de sus dos apellidos, Haya y Porrero.
Mi abuela consiguió que sus 4 hijos fueran maestros y a nosotros, los nietos, siempre nos ha insistido para seguir el camino de la enseñanza. A su pesar ninguno le hicimos caso…
… O al menos no como ella quería, dando clase en el sistema de educación pública.
Por suerte existen otras maneras de enseñar lo que llevas dentro y ayudar a otras personas. Es tremendamente satisfactorio ver cómo, alguien que llegó a ti con graves problemas o con afán de mejorar, ha tomado el camino correcto después de haber estado trabajando juntos varios meses.
Ésta academia en cierto modo es un pequeño homenaje a su figura. A la de un huérfano de Igollo que robaba huevos para comer y a la de una inmigrante gaditana que, siendo niña, huyó de su tierra hacia el norte para salvar su vida.
Va por vosotros, abuelitos.
¡Fíjate qué guapas son mi abuela y mi madre!
Fue un bonito reportaje que hizo El Diario Montañés por el 65 aniversario del nacimiento del Colegio Haypo.
Haypo = Haya + Porrero. Los apellidos de los fundadores Enrique y Elisa.
Las cosas no siempre son tan bonitas como parecen... Que no estamos en Instagram
Toqué fondo tras un rechazo amoroso brutal que me merecía (pasé de maltratador a maltratado)
Mira, yo era un STV de manual – de Santander de Toda la Vida – y juraba y perjuraba que jamás saldría de mi guarida del norte (como buen paleto acomplejado que era, muy típico de los que somos de Santander, que nos creemos el centro del mundo). Odiaba todo lo que no fuera Santander, y sobre todo odiaba dos sitios en particular: el País Vasco y Madrid. Eran lugares grises, feos y tan diferentes de lo que conocía, que no merecía la pena pisarlos, ya que para mí Cantabria era el paraíso en la tierra.
El efecto boomerang que tantas veces funciona en la vida me pegó de lleno, porque acabé viviendo en Madrid. Bueno, en realidad me establecí en un pequeño pueblo a las afueras que para mí es una joya, se llama Ajalvir. Lo conocí entrenando con la bicicleta por carreteras secundarias, y me llamó tanto la atención esta villa con costumbres medievales a un paso de la apabullante y moderna capital, que enseguida decidí que mis huesos fueran a parar allí.
Para rematar estas contradicciones – el primer indicio para saber que vas a hacer algo, es decir que nunca lo harás -, me puse a aprender el idioma vascuence, el Euskera Batúa, porque quería impresionar a una chica vasca de quien me enamoré perdidamente. Después de unos meses saliendo juntos, se dio cuenta de que yo llevaba demasiado tiempo maltratando a todas las mujeres que se me habían acercado los últimos años (no hizo falta que se lo comunicara, porque es una persona con mucha intuición). Entonces prefirió ponerse a salvo y andar por un camino más seguro con otro hombre, con quien se marchó en cuanto le salió la oportunidad.
Cuando me dio puerta decidí mostrarle mi mejor versión, ni por asomo hubiera imaginado que estaba con otro. Me parecía imposible, de esto que ves a la otra persona inmaculada, incapaz de traicionarte, porque te has montado una película en la cabeza que no tiene nada que ver con la realidad. Estaba tan convencido de que la aventura saldría bien que me lancé al vacío sin ninguna red de seguridad que me protegiera. Por una vez no tenía plan de escape y, como no me cogía el teléfono, y me bloqueó del Whatsapp, y no quería verme; estuve un año escribiéndole cartas a mano, las cuales nunca tuvieron respuesta.
Este sobre contenía una de las ocho cartas que le mandé a la mujer por quien estuve colado sin remedio alguno. Muchos fragmentos que escribí los he recolocado en distintas secciones y artículos de esta página web, intentando limpiar la sangre de las heridas. De vuelta recibí mensajes de desprecio (una especie de escupitajos, pero en texto), amenazas de denuncia por lo indeseables que eran mis intentos de contactar, y una noticia que me dejó helado: se había convertido en mi vecina, compartiendo techo con la persona que me reemplazó a las pocas semanas de terminar conmigo.
Me llevó meses construir las cartas, pasaba día y noche pensando qué poner, corrigiéndolas y mejorando la letra. Compré sellos exóticos de edición limitada, como los de «pueblos con encanto», o los de mujeres relevantes de la historia de España, que le daban el estilo clásico que tanto me gusta. Aprendí a coser para unir las hojas (en vez de utilizar grapas), utilicé una pluma que daba sensación de exclusividad – escribir con pluma es mucho más difícil de lo que parece, ponte a ello y verás – y alguno lo cerré con la cera de velas naturales al rojo vivo, y no con pegamento. Enserio, estoy súper orgulloso de cómo quedó mi pequeña obra de arte.
Por eso se me rompió el alma una noche de verano, cuando supe que se había mudado al lado de mi casa con su nueva pareja. Me sentí como el perrito al que abandonan en la carretera, tirándole por encima de una verja en cuanto le descubren un defecto. El animal se queda desconsolado viendo cómo su familia se aleja en el coche a toda prisa porque no entiende nada de lo que está sucediendo.
A pesar del abandono, consigue encontrar el camino de vuelta a su hogar y aúlla a sus dueños detrás de la puerta, muriéndose de pena porque se la encuentra cerrada. Quiere hacerles ver que está preparado para trabajar, para servirles, y para hacerles felices; pero quienes antes le daban cariño, ahora le tratan como un apestado. Y cuando se acerca un poco a ellos, le muelen a palos sin mediar palabra, dejándole malherido, haciéndole ver que ya no es bienvenido y que si continúa aproximándose le van a destruir.
¿Sabes qué fue lo mejor de todo esto? Aquel episodio fue justicia divina, de Karma, de recoger lo que llevaba tantos años sembrando. Yo iba de listillo, miraba por encima del hombro a quienes se consideran víctimas de maltrato. Pensaba que nadie te podía hacer sentir inferior, que «todo está en la mente, es una persona débil», «seguro que no es para tanto, quiere llamar la atención», «que le deje marchar si tan mala es su pareja, será por peces en el mar», y demás tonterías del estilo.
Desde lo más profundo de mi ser, por la soberbia que me caracterizaba, por lo impresentable que era, y por lo cerdo que había sido con otras mujeres – con ella también, claro – te reconozco que merecía ser maltratado como el que más.
En las peores situaciones, a veces sale lo mejor de uno. A pesar de lo fastidiado que estaba por los rechazos que me estaba comiendo, creé un cuadernillo a mano que contenía 5 historias: en una relataba el peor día de mi vida en bicicleta, en otra narraba cómo intenté ligarme a dos chicas a la vez y al final me quedé sin ninguna, otra iba de un grupo de baile que monté en Madrid, una relataba una experiencia en un local liberal (un poco de picante para el guiso), y en otra contaba apariciones de fantasmas en el balneario de la Hermida, en Cantabria. Tiré de un ingenio que se mezclaba con el dolor que sentía, y el resultado mereció la pena.
«Oye, para ser un estirado de ADE – de esos que lleva un palo metido en el culo -, escribes bastante bien»
Antes te he contado una pequeña mentira. Te he dicho que con 18 años no sabía qué estudiar y que cogí lo primero que se me pasó por la cabeza, como si hubiera delegado la decisión a un mono tirando dardos a una diana. Pero esto no fue del todo así.
En realidad me rondaban dos carreras como alternativa a ADE.
Una era Periodismo. Y la otra era Historia.
El interés por la Historia me lo metió en vena don Emilio Encinas, el mejor profesor que tuve en el instituto Santa Clara. Era fascinante escucharle narrar pasajes históricos de España, lo contaba con una pasión que te calaba hondo. Además, se animaba a hacer imitaciones de algunas celebridades como Franco, el rey Alfonso XIII o el presidente del gobierno Aznar.
Nos desveló que el mastodóntico túnel de la Engaña – el más largo construido hasta la fecha y por el cual nunca llegó a circular un tren después de 20 años de trabajos en los que murieron muchos presos políticos del franquismo – no llegó a completarse porque desviaron fondos para costear lujos del Palacio de la Magdalena. Gracias a este maestro que me inspiró, Historia fue la mejor nota que tuve en la Selectividad. Fue la única materia en la que saqué un 10.
Don Emilio Encinas, además, era el único profesor que decía lo que es necesario decir, lo que nadie se atrevía. A las chicas les decía que tenían que cuidarse y darse a valer, y a los chicos que no quisiéramos correr para llegar a la meta. Supongo que ya entiendes por dónde van los tiros.
Trato de comunicar poniendo el corazón encima de la mesa, como el locutor que me inspiró
Mira, cuando llegaba a casa del colegio o del instituto, solía comer a toda prisa y me marchaba a entrenar para que no se me hiciera de noche en la carretera.
En la bicicleta sólo llevaba las herramientas para reparar los pinchazos, no llevaba el móvil ni llevaba nada. Bueno, había un utensilio que me acompañaba en todos los entrenamientos.
Era una radio pequeñita con sus auriculares.
Estaba súper enganchado al programa que hacía Walter García, La hora de Walter, que duraba cuatro horas, desde las 3 hasta las 7 de la tarde. Es el hombre que mejor transmite su pasión por Cantabria.
Walter García era el único periodista que denunciaba los chanchullos del gobierno regional. El Diario Montañés, el periódico que todo el mundo lee el Cantabria, nunca ha hecho verdadero periodismo ni se espera que algún día lo haga, porque está comprado con los miles de euros que recibe de publicidad institucional. Y es imposible ser juez y parte.
También escuchaba por las noches el programa deportivo de Jose Antonio Abellán, El Tirachinas. Lo único malo era que terminaba a las 2 de la mañana, por eso escondía la radio debajo de la manta, para evitar que mis padres me echaran la bronca. Era tan feliz escuchando la radio que me planteé entrar en ese mundillo, y aunque no lo hice, he canalizado este interés por la comunicación y la historia creando mi blog Camino del Norte para contar batallitas mías, y de otros personajes que admiro, tal y como me gustaba que me lo contaran a mí, es decir, poniendo el alma y el corazón.
¿Y de dónde te vino el interés por el trading?
A ver, no hace falta ser muy listo para preferir tener mucho dinero a tener poco, ¿no? Ni que te estuviera enunciando la ley de la relatividad.
Bien, pues hay tres maneras de hacer crecer tu cuenta corriente:
- Convertirte en un súper especialista para sacar un alto margen (Ebitda) en lo que haces. Por ejemplo, un compositor de bandas sonoras para videojuegos manga japoneses.
- Trabajando en algo normalito, pero 16 horas al día en lugar de 8, y de lunes a domingo. Por ejemplo, ser gasolinero por la mañana, recepcionista de un hotel por las tardes y camarero de eventos los fines de semana. O lo que hacen los chinos, que están todo el día metidos en la tienda.
- Escalar un negocio con poco margen, pero apalancándote en el trabajo de los demás. Por ejemplo, el dueño de «Los 100 Montaditos».
Si haces una de las tres cosas durante mucho tiempo, vivirás muy bien, mejor que como vive la mayoría.
Y si haces las 3 cosas a la vez, entonces llegarás a ser millonario. Si tampoco tiene tanto misterio.
Yo, al principio llegué al trading queriendo conseguir mucho dinero sin seguir ninguno de estos tres caminos. Quería forrarme por mi cara bonita, sin esfuerzo y rápido. Como no podía ser de otra manera, el tiempo me puso en mi sitio.
Luego me di cuenta de que para ganar dinero en el trading hay que ser una hormiguita e ir sumando poco a poco, siendo súper constante. Es lo mismo que hacía con mis primos cuando nos juntábamos todos en la finca, que les arrastraba a jugar partidas de Monopoly y las hacía interminables. Ellos querían parar ya y salir a jugar al aire libre pero yo les «obligaba» a seguir ahí, nunca me cansaba de seguir adquiriendo propiedades dando vueltas al juego, disfrutaba viendo cómo mi patrimonio – de mentira – crecía y crecía.
Así que supongo que por eso me metí en el trading, para intentar vivir mejor gracias al apalancamiento financiero. Al igual que por eso monté esta Academia, para vender un producto en el que soy especialista, y que me deja alto margen. Y por eso trabajo de lunes a domingo, porque, en el fondo, me gustaría ser millonario para darle lo mejor a mi familia, como me lo han dado a mí.
Eres un rollos de mucho cuidado eh. Venga, va, termina de una vez.
- He viajado a un montón de países, y después de tantas «experiencias», me he dado cuenta de lo sobrevalorado que está. Quien se queja porque «hoy en día es imposible comprarse una casa», pero se va al sitio de moda en temporada alta para tirar cuatro fotos mal hechas y esperar la validación de los seguidores, es que le faltan un par de veranos. Yo, los viajes que más he disfrutado, han sido los que he hecho con mi padre, y no consistían en buscar la foto perfecta, sino en estar todo el día trabajando.
- Hago artes marciales mixtas, que es una combinación un poco rara con la bicicleta pero oye, quien sabe, quizás es una habilidad que algún día me saque de una situación de apuro como un héroe. O quizás es que necesitaba aprender a defenderme, porque cuando eres el hijo de la directora y en tu clase hay 15 garrulos que se pasan el día fumando porros – sólo yo pasé a bachillerato -, ya te imaginas quién se llevaba las palizas a la salida de clase. También te digo, nunca he visto mejor mi cuerpo que después de entrenar varias veces por semana dándome de golpes.
- Nunca pensé que aprendería a bailar Salsa y Bachata, pero lo hice, y entré en una compañía de baile en Madrid. Entrenábamos una coreografía por las noches, nos daban las tantas con los ensayos. Después la presentamos en varios escenarios de España.
- Sé que esta página es muy de color purpurina y puede parecer que nunca he roto un plato, pero nada más lejos de la realidad. También he cometido graves errores – como todos, y quien no lo reconozca peor para él o ella – teniendo comportamientos de rastrero con gente que me ha querido a ciegas y que no se merecía el trato que yo le di. Por eso hacer el bien es un acto puramente egoísta, porque con el tiempo el único beneficiado vas a ser tú, sintiéndote en paz contigo mismo, ya que si la cagas, el único perjudicado eres tú por el sufrimiento que te va a llegar más adelante.
Qué bonita era la equipación de la selección cántabra. La sigo teniendo guardada en mi armario.
Esa bicicleta me la robaron, pero las ruedas con las que disputé el campeonato de España las utilizo de vez en cuando.
El material bueno, si lo cuidas, te durará mucho más de lo que imaginas.
- Mi padre fue ciclista profesional a finales de los 80 y principios de los 90 en el equipo Teka – que para muchos era considerado el mejor equipo del mundo – y en el Paternina. Corrió la Vuelta a España de 1991, y lo debió de pasar bastante mal porque enfermó en la etapa de Andorra, que se pasó todo el día lloviendo y nevando (de hecho, había dos etapas previstas en Andorra, y la segunda la cancelaron por el mal tiempo). Disputó las últimas 10 etapas destrozado por dentro, pero le echó coraje y terminó.
14 de mayo de 1991, foto que publicó el Diario Montañés. Fue tomada en la plaza Porticada de Santander, donde salía la 13ª etapa de la Vuelta a España, con final en los Lagos de Covadonga. Ahí mi padre ya estaba enfermo.
- Yo seguí su camino y competí 6 temporadas, corriendo carreras por un montón de rincones que jamás hubiera conocido si no llega a ser por el ciclismo, y jugándome el pellejo en muchas ocasiones descendiendo puertos de montaña sin ningún conocimiento. Me relajé después de una caída muy dura en la que me golpeé la cabeza y quedé tendido en el asfalto inconsciente. Esto no lo recuerdo, pero me dijeron que los corredores que venían detrás se asustaron, porque no es muy agradable ver a un compañero desmayado que no sabes si está vivo o muerto. ¿Sabes eso que dicen de que ponerte el casco te puede salvar la vida? Pues es verdad.
- Pero no todo van a ser penas con la bicicleta, qué va. Lo mejor de esta etapa fue que en el año 2008 disputé los campeonatos de España que se celebraron en Santiago de Compostela, vistiendo los colores de la Selección Cántabra. El día que me llamó el seleccionador Pedro Díaz Zabala – que fue ciclista en el Teka, Reynolds y la ONCE – para decirme que iba a representar a mi región, la que tanto amo, fue uno de los días más felices de mi vida.
- Mi abuelo Fernando Mazón, que de joven fue boxeador, organizó varios años una carrera ciclista en Santa Cruz de Bezana que terminaba en el alto de Habitare, y un año la ganó Indurain (antes de conquistar sus 5 Tours de Francia). Yo he intentado organizar una carrera dos veces, pero en las dos me ha salido mal. A la tercera irá la vencida.
- Soy seguidor del Racing de Santander desde una noche en que mi tío me vio con la camiseta de Zidane y me explicó que yo no podía ser del Real Madrid – me gustaba el Madrid de los galácticos – porque eso significaría traicionar mis orígenes. Ir con el que gana es lo fácil. Pero lo bonito es apoyar al de casa.
- Una vez me metí a un curso de programación, y monté una página web desde cero picando miles de líneas de código a mano. Es la vez que más ansiedad he pasado, porque era un mundo totalmente nuevo para mí y no me enteraba de nada. Eso sí, estoy muy orgulloso de cómo quedó el proyecto final de eventos deportivos que hice.
Han pasado algunos, bastantes años, desde que ocurrieron estos sucesos hasta la fecha en que los conmemoro en los apuntes que preceden,
Con el único fin de distraer la nostalgia de aquel bendito rincón de la tierra, del que me apartan, por muy contados meses, urgencias que me imponen este costoso sacrificio.
Porque tan cabal, tan intensa, tan continua ha sido mi felicidad en ese tiempo, que a veces me espantan los temores de que no haya sido mi gratitud tan grande como el beneficio recibido, y un día me hiera la justicia de Dios en lo que más amo, para recordarme lo que le debo.
El párrafo final que escribió José María Pereda en su obra Peñas Arriba es, simplemente, sublime.