Quien tiene un «por qué» para vivir,
Casi siempre encontrará el «cómo».
Cita de Viktor Frankl, uno de los pocos judíos que sobrevivió al Holocausto, donde perecieron más de 6 millones de habitantes europeos que tenían un origen hebreo.
Viktor Frankl permaneció vivo después del terrorífico Tercer Reich de milagro, después de pasar por tres campos de concentración. Le obligaron a realizar trabajos forzados construyendo carreteras a la intemperie, con temperaturas de varios grados bajo cero y sin ningún abrigo que le protegiera, mientras se consumía de hambre por la nula nutrición.
Viktor Frankl es autor de uno de los mejores libros que han caído en mis manos: El Hombre en busca del sentido (1946). Entre tantas citas legendarias que puedes encontrar en su obra, destaco la siguiente:
«Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo la última de las libertades humanas: la capacidad de elegir qué actitud tomar ante cualquier circunstancia, para decidir su propio destino”.
A veces las grandes obras surgen por causalidad, sin que fuera el propósito inicial. Se me viene a la cabeza el nacimiento de Internet. Nadie imaginó que el protocolo de comunicación secreto que ideó Estados Unidos durante la Guerra Fría para evitar ser espiados por los rusos, llegaría a convertirse en la tecnología que nos permite vivir con más comodidades que nunca antes en la historia de la humanidad.
Bien, pues con los contratos de futuros sucedió algo parecido. No llegó un japonés hace 500 años pensando que, el día de mañana, abrirían oficina las compañías financieras más potentes en Wall Street, Singapur y Londres. Donde se intercambiarían millones de contratos de futuros.
Más bien los contratos de futuros nacieron por pura necesidad, para que muchas familias no se murieran de hambre. Te voy a contar lo que sucedió en aquel Japón medieval. Cuando surgió esta herramienta financiera que cambiaría para siempre el rumbo del mundo financiero en el que vivimos.
El 21 de octubre del año 1600 tuvo lugar la mayor batalla que jamás se haya dirimido sobre suelo japonés.
Más de 150.000 guerreros lucharon en la explanada de Sekigahara con un objetivo: determinar quién lideraría Japón los siglos venideros.
Con este enfrentamiento la guerra civil que tenía al país dividido llegaría a su fin, después de una larga campaña militar en la que ambos oponentes asediaron castillos, tomaron posiciones sobre ríos para dificultar el comercio, o gravaban con injustos impuestos a las poblaciones ocupadas.
Al desenlace de la batalla de Sekigahara Japón entraría en el periodo de paz más largo ininterrumpido del que hay constancia: el período Edo (hoy en día traducido a Tokyo). Fueron más de 250 años de tregua, desde el año 1603 hasta 1868. A partir de entonces regresó el imperialismo japonés.
En Sekigahara se dieron cita dos bandos: el ejército del Oeste y el ejército del Este
El ejército del Oeste estaba liderado por Toyotomi Hideyori, hijo de Toyotomi Hideyoshi, el primer hombre que unificó el gran Japón en una sola nación. Su comandante, el Samurai Mitsunari, acudía mejor preparado que sus rivales, ya que contaba con cañones, un arma muy rara de ver en aquella época. Además, Mitsunari tuvo el honor de elegir cuidadosamente su posición en el lugar de la batalla.
El ejército del Este no aceptaba la descendencia de Hideyori como legítima. Estuvo comandado por uno de los señores feudales más relevantes del país: Tokugawa.
A las 4:30 de la mañana ambos ejércitos estaban listos para la contienda. Aquella madrugada una espesa niebla se adueñaba del campo de batalla, dificultando la visibilidad.

Los planes de Mitsunari estaban saliendo a la perfección. Después de aguantar la primera embestida de Tokugawa dispararon los cañones. El ejército del Este retrocedió asustado por la potencia de las armas de fuego.
El siguiente movimiento sería asediar a su rival por los flancos, rodeándole y atacándole en el último momento por la retaguardia. Sus hombres se mantendrían firmes en el frente y por los laterales atacarían sus dos grandes aliados: 36.000 soldados del clan Mori y los 15.000 soldados del general Kobayakawa. Tokugawa no tendría escapatoria, no podría escapar, sería aniquilado.
Lo que no esperaba Mitsunari es que, conforme avanzaban posiciones, sus tropas estaban cayendo en una trampa mortal. Se estaban adentrando en una ratonera sin salida.
Alrededor de las 11 de la mañana Mitsunari encendía las antorchas: era la señal que había acordado con sus aliados para asestar el ataque definitivo
Entonces sucedió un giro decisivo en el transcurso de los acontecimientos.
Su partidario Kobayakawa Hideaki levantó la mano. Con ese leve gesto detuvo el avance de su ejército.
El ataque pactado con Mitsunari nunca se llevaría a cabo.
El comandante Samurai Ishida Mitsunari había sido traicionado por más de 40.000 soldados
Cuando la fatal noticia corrió entre las tropas del Oeste, rompieron filas derrumbados y comenzaron la huida, buscando refugio antes de ser alcanzados. Mitsunari, rodeado de si círculo más íntimo, escapó a las montañas. Los vencedores avanzaban sin oposición, adueñándose de la explanada de Sekigahara.
A las 2 de la tarde la tarde Tokugawa daba por terminada la batalla, y por consiguiente la guerra. En los años venideros Tokugawa sería proclamado shōgun, la máxima autoridad política y militar en el país del sol naciente.
Tras regresar al campamento base llevaron a cabo el ritual de la victoria. Los vencedores cortaron la cabeza a los generales capturados, y las expusieron en una tabla lavadas, peinadas, y con un tinte aplicado en los dientes para ennegrecerlos. Así demostraron quienes dominarían el país a partir de ese momento.

Actualmente en la explanada de Sekigahara hay un museo en el que se exhiben armas, mapas y armaduras de la batalla. También levantaron un obelisco donde se decidió la contienda, y ondean banderas con las insignias de los clanes samurái que estuvieron presentes. Pocos años después de este acontecimiento nacerían los primeros futuros sobre el arroz en la bolsa de Osaka.
Los futuros sobre las cosechas del arroz surgieron después de la batalla de Sekigahara, debido al gasto descontrolado en el que incurrieron los nuevos gobernantes de Japón
Los vencedores no se limitaron a ejecutar a sus oponentes en el campo de batalla, sino que persiguieron a quienes habían escapado. La sentencia más grave para la mayoría fue la pena de muerte, y otros fueron condenados al exilio. Pero los castigos no quedaron ahí.
Tokugawa expropió feudos a 90 familias rivales, entregándoselos a quienes le habían sido fieles. Unos clanes quedarían relegados a la miseria hasta el fin de sus días, y otros pasarían a ser los nuevos ricos.
Los recién proclamados nobles entraron en una vorágine de consumo y ostentación sin límites. Competían entre ellos por mostrar al vecino quién tenía la mejor mansión, o qué familia podía permitirse los mayores lujos.
Los nuevos gobernantes y señores feudales sufragaban su alto nivel de vida gracias a los impuestos al arroz, la mayor industria del país. Los campesinos pagaban a los dueños de las tierras unas tasas por trabajar las tierras, además de entregar parte de la producción.
Pero ningún capital es eterno si quien lo gasta tiene un agujero en el bolsillo, por donde sale igual que entra. Pronto los fondos se acabarían y las cuentas públicas del estado nipón entrarían en números rojos. Como la recaudación de un año no era suficiente para satisfacer sus necesidades, buscaron nuevas fuentes de ingresos para no caer en la ruina.
Entonces se les ocurrió crear un mecanismo para anticipar los ingresos de futuras cosechas, lo que inicialmente se llamaron «cupones de arroz vacíos». Consistían en cobrar la cosecha de arroz por anticipado, sin entregar la materia prima en el momento de la compra. Estos acuerdos fueron los primeros contratos de futuros públicos sobre el arroz negociados en Japón.

Cuando se negocia el precio que tendrá el arroz dentro de 6 meses, hay que tener en cuenta el coste de financiación, de almacenamiento, y apostar sobre la incidencia de algunos factores externos como el clima o los parásitos.
Dichos cupones de arroz vacío ganaron popularidad, extendiéndose a lo largo y ancho del Japón. Llegaron a la bolsa de Osaka, donde se creó una división para intercambiarlos, el Dojima Rice Exchange. El Dojima obtuvo su primera licencia oficial por parte del Shogunato (el gobierno de Tokugawa) en 1697, siendo el primer mercado de futuros oficial del mundo respaldado por un gobierno.
El Dojima Rice Exchange cobró especial relevancia durante los gobiernos del clan Tokugawa, ya que el arroz continuaba siendo la herramienta de pago principal, más importante incluso que la moneda. El Dojima fue uno de los impulsores de la economía japonesa, que crecía a un ritmo nunca antes visto. Y los futuros sobre el arroz eran uno de sus pilares.
Los contratos que se negociaban en el Dojima hace 300 años, en el fondo son muy similares a los futuros del Nasdaq100, o del Brent, o del EUR-USD que puedes tradear en cualquier plataforma moderna. Pasamos a ver algunas de sus similitudes:
#1. Había un mercado centralizado – la bolsa de Osaka – , que daba seguridad a los comerciantes
Al igual que para adquirir un contrato sobre el petróleo acudes a CME (Chicago Mercantil Exchange), quien garantiza que las partes cumplen con los compromisos que han adquirido al colocar sus órdenes de compra y venta. O, cuando entras en los futuros del Ibex35, sabes que el Mercado Oficial de Futuros y Opciones, supervisado por la CNMV y el Ministerio de Economía de España, velará porque la transacción se lleve a cabo.
#2. Se liquidaban periódicamente las pérdidas y las ganancias
No esperaban al vencimiento del contrato para desembolsar la cantidad completa, sino que preveían pagos intermedios según la fluctuación de los precios. Como cuando entras en un futuro del Euro-Dólar, que cada día el dinero de tu cuenta ha variado.
#3. Los contratos eran estándares, tenían las mismas condiciones para cualquier agente
Es lo mismo que sucede con todos los contratos de futuros actuales. Por ejemplo, un futuro sobre el Dow-Jones siempre tendrá un tick value de 5 dólares, vence los terceros viernes de mes, y no cotiza los fines de semana.
Con un mercado de futuros sobre el arroz cada vez más sano en el que los participantes se multiplicaban, nacerían las velas japonesas de la mano de Munehisa Homma, (1724 – 1803). Las velas japonesas estuvieron tan bien diseñadas para trasladar la información que contiene un activo financiero, que todas las plataformas modernas de trading la incluyen, 3 siglos después de su invención. De un vistazo a una vela japonesa ya sabes a qué precio abrió un activo y a cuál cerró, y cuales fueron el máximo y el mínimo en el que llegó a estar cotizando en un periodo de tiempo determinado como M15, H1, D1, o MN1.
Munehisa Homma era un fiel convencido de que los precios necesitaban la información rápida y fiable para reflejar fielmente la realidad. Por ello organizó una cadena humana que unía los 800 kilómetros entre Sakata y Osaka, posicionando hombres cada 6 kilómetros con una misión: transmitir las noticias lo más rápido posible de norte a sur y de sur a norte. El creador de las velas japonesas fue un hombre adelantado a su tiempo, estuvo asesorando al gobierno nipón en asuntos financieros y recibió la condecoración de Samurái honorario.
Por su parte, el Dojima se mantuvo operativo en Japón casi 250 años, hasta que en 1939 la Agencia Gubernamental del Arroz absorbió sus funciones.

La cadena humana que organizó Munehisa Homma para trasladar la información sobre las cosechas de arroz a los precios. Tardarías 7 días en recorrerla caminando, sin tomar ningún descanso. Homma también fue el creador de las velas japonesas, una de las mejores herramientas para hacer trading.
Se puede ganar mucho dinero especulando con futuros gracias al auge del comercio. Al ser un mercado gigantesco, nadie echará en falta unos cientos de miles de euros
Esta historia sobre la primera casa oficial de intercambio de futuros te hace ver que los futuros no se crearon para que nosotros, los traders, los compráramos y vendiéramos haciendo un par de clicks desde el sofá de casa, no. Los función original de los contratos de futuros es facilitar un intercambio real de un producto, sea cual sea. Podemos estar hablando de los tipos de interés americanos a 12 meses vista, de compra y venta de barriles de petróleo dentro de 3 años o, como es el caso, de asegurar el precio sobre las cosechas venideras de arroz.
El Dojima fue la primera institución de intercambio de futuros oficial, pero estos contratos llevan existiendo desde que el humano es humano. Ya en la antigua Babilonia – 2000 años antes de Cristo – los templos tenían una segunda función además del culto a Dios: hacían de cámaras de compensación para garantizar un comercio de calidad. Los funcionarios públicos validaban las cantidades y las calidades de las mercancías, a cambio de unas comisiones.
Los seres humanos siempre hemos tenido la necesidad de comerciar, intercambiando bienes o servicios entre nosotros. El comercio es la base del progreso, que nos permite disfrutar la sociedad en la que vivimos hoy en día, la mejor jamás vista bajo cualquier parámetro. Una transacción tan primitiva como entregar una oveja anticipadamente, a cambio de fabricar un arma con la que salir a cazar, también es un contrato a futuro.

La ciudad antigua de Babilonia estuvo situada en lo que ahora conocemos como Irak. Sus templos guardaban una arquitectura muy característica. En ellos, además de rezar, se comerciaba con seguridad.
Este salto en el tiempo de 4.000 años atrás nos permite comprobar que las cámaras de compensación, los árbitros comerciales, o los acuerdos a futuro no son inventos modernos que nacieron en un banco de inversión de Wall Street, no. El libre comercio siempre ha sido y siempre será el motor de prosperidad. Es la principal razón por la que tantos millones de personas han salido de la pobreza extrema.
Sin embargo, la cada vez mayor intervención paternalista de los estados modernos está destruyendo los pilares del comercio, «por nuestro bien». A pesar de las nocivas ideas que nos quieren meter, el libre intercambio entre dos partes que salen beneficiadas hace que puedas videollamarte con un familiar que está al otro lado del mundo. Si tus bisabuelos fueran conscientes de esta realidad, alucinarían en colores.
Ya dijo el genio Milton Friedman que la fabricación de un simple lapicero ha coordinado a miles de personas en todo el mundo, sin que éstos ni si quiera lo supieran. El resultado de este «milagro económico», es que esta herramienta para escribir te cueste menos de un euro en la papelería de la esquina. Un coste ridículo para todo el movimiento que ha conllevado su creación:
«¿Y cómo puedo ganar dinero tradeando futuros?»
Con los impresionantes avances de la civilización, los mercados de acciones, futuros u otros instrumentos derivados, siguen incrementando su liquidez año tras año. Sólo el último ejercicio se negociaron 44 billones de contratos de futuros. Lo que equivale a 120 millones de contratos al día, 5 millones cada hora, 85.000 cada segundo.
Esta buena salud ha reducido los costes exponencialmente. Entrar en el mercado de futuros (o en el de acciones, CFD o divisas), es más barato y más accesible que nunca. Algo que a todos nos beneficia.
La cuestión es… ¿para qué te puede interesar comprar un futuro sobre el Oro? Si no vas a almacenar las onzas del metal dorado, ni tampoco eres propietario de una mina de extracción, por lo que no necesitas cubrir riesgos financieros.
La buena noticia es que se puede ganar dinero especulando con el movimiento de los precios. Entre los miles de millones de dólares que se negocian cada día intercambiando materias primas, o acciones, o divisas, tú puedes entrar sigilosamente a coger unos euros y salir corriendo cuanto antes. Como si nada hubiera pasado, sólo que tu bolsillo estará un poco más lleno que al principio.
Para ello hace debes fijarte en los patrones que hacen los precios. Y que repiten una y otra vez, como si fuera una rueda que nunca deja de girar. Y cuando detectes uno de ellos, entrar al mercado sin dudarlo.
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