De todos los libros que he leído ambientados en la Segunda Guerra Mundial, «La luz que no puedes ver» es, sin lugar a dudas, el mejor de todos ellos. Una novela que ganó el premio Pulitzer en 2013.

Como no podía ser de otra manera, por la forma en que te expresa la crueldad de la peor guerra que ha vivido la humanidad por un lado; y por otro lado la belleza que te transmite haciéndote ver que siempre se puede mantener la esperanza, por muy oscuras que sean las circunstancias.

La novela relata la vida de Werner Pfennig, un adolescente alemán que había quedado huérfano siendo niño, después de que su padre muriera sepultado en un accidente en la mina donde trabajaba.

 

Desde muy pequeño, Werner demuestra en el orfanato una inteligencia excepcional. Así, cuando la guerra estalla y Alemania se ve obligada a llevar la mayor cantidad posible de hombres al frente, Werner parecía que iba a engrosar las filas delanteras del batallón, donde se reciben las primeras balas haciendo de escudo humano.

Siendo un niño sin un apellido que le respalde, y sin dinero para sobornar al funcionario de turno, y sin ningún padrino, Werner estaba destinado a ser uno de esos millones de anónimos que entregaron la vida defendiendo una bandera, cuyos huesos quedaron enterrados en una cuneta. Sobre los que nadie escribe, y a quienes nadie recuerda llevando flores al cementerio.

 

Sin embargo, su talento le lleva a entrar en el equipo de ingenieros, profesión que siempre había deseado ejercer. Aunque nunca pudo desarrollarla de la forma en que a él le hubiera gustado, sino que dedicó todas sus energías a terminar con la vida de personas a las que ni siquiera conocía. Y con quienes quizás, en otras circunstancias, pudiera haber labrado una amistad.

Como le dijo uno de sus maestros en la escuela técnica: «Un hombre es esclavo de su época». Así, Werner asumió las funciones que le habían asignado con la poca dignidad de la que uno puede armarse al verse convertido en un asesino.

 

Bien, el jovenzuelo Werner – tenía solamente 16 años cuando llega al ejército, un oficial falsificó su partida de nacimiento para mandarle al frente cuanto antes – forma parte de un pequeño equipo de seis reclutas, quienes se dedican a localizar emisoras de radio enemigas por los pueblos de aquella Alemania en plena delirante expansión.

Werner triangula la posición desde donde están emitiendo las comunicaciones, y sus compañeros se bajan del camión, pillando por sorpresa a quienes están enviando sus mensajes a través de las ondas. Así, matan con relativa facilidad, acribillando a balazos, a aquellos comunicadores clandestinos que a veces estaban escondidos en un granero, otras veces en una casa abandonada, u otras en una fábrica que ya no produce nada.

 

En estos pasajes realmente sientes la miseria de la Guerra, cuando ves cómo un chaval muy inteligente y que siente amor por la única familia que le queda (le enviaba cartas a su hermana Jutta contándole sus vivencias, aunque llegaban con muchas palabras y frases tachadas, después de pasar por los censores) pierde su inocencia demasiado joven.

También es muy triste cómo describe a quienes, supuestamente, son sus enemigos. Al principio se los imagina como amenazas súper peligrosas, oficiales de primer nivel que son piezas clave de la guerra, a quienes deben eliminar.

Luego se da cuenta que muchos eran unos pobres desgraciados, a la mayoría su propio país les habían dejado tirados. Y estaban enfermos, o malnutridos, o vivían en unas condiciones cochambrosas. Más que detectar en ellos peligro, el primer sentimiento que le despiertan es compasión.

 

El pasaje más impactante del libro es cuando te relata una de esas imágenes tan bien descritas que se te quedan incrustadas en la memoria, imposibles de borrar

Durante un paseo rutinario en una población francesa, esta cuadrilla de soldados alemanes ve a una mujer jugando con su hija, lo que es una escena bella de contemplar, a la que no hace falta añadirle nada más.

Simplemente observan el amor que la hija desprende por su madre, ajena a las desgracias que están sucediendo alrededor. Y la alegría natural que demuestra la pequeña, correteando por el césped salpicado de la nieve que había estado cayendo mientras dormían. Así como las ganas de cuidado y atención que la madre le presta a su hija.

Cae la noche, y todo el mundo regresa a sus casas. Entonces los soldados entran a un edificio para hacer una rueda de reconocimiento, e identificar a posibles sospechosos.

 

Entran a una de las viviendas, y aparentemente está vacía, aunque claramente alguien habita en su interior. Alguna cama está deshecha, la cocina está usada recientemente… incluso notan el olor a persona tan característico de una casa en la que vive gente.

Algo raro está pasando en esta vivienda, está claro. Entonces los militares desenfundan sus armas, y ahora el reconocimiento que van a hacer ya no tendrá nada de amistoso. Si encuentran a alguien, se lo llevarán detenido a punta de la ametralladora que portan.

Golpean suavemente las paredes intentado hallar un doble fondo hueco, donde alguien pueda estar escondido, pero nada. La tensión se respira en el ambiente, porque quizás se han metido en una ratonera, ¿habrán caído en una emboscada? Saben que pueden ser atacados en cualquier momento.

 

Todo termina cuando uno de los compañeros abre la puerta de un armario, y dispara su ametralladora sin pensarlo ni un segundo, al encontrarse allí dentro a dos personas.

Sólo que, cuando le da tiempo a abrir los ojos y respirar calmadamente, se da cuenta de a quiénes acaba de matar.

En el suelo yacen sin vida, encima de una enorme mancha de sangre, los cuerpos de la niña y de la madre. Las mismas que habían visto jugar en el parque, solo hacía unas horas. La fragilidad y hermosura que destilaban, las acaba de destruir.

 

Con la guerra ya perdida, y a falta de establecer la fecha de rendición – o de aniquilación por completo de los ejércitos alemanes – el pequeño equipo de Werner es destinado a Saint-Malo, un pequeño pueblo de la costa de Normandía.

De los seis que comenzaron eliminando puestos de radio, uno ha muerto enfermo, y a otros dos les han mandado a trincheras peligrosas, como al frente del Este donde miles de alemanes están cayendo contra los rusos. O al desembarco de Normandía, donde morirán inevitablemente frente a la avalancha de más de 150.000 soldados británicos, estadounidenses y canadienses; quienes tomarán la costa francesa.

Las instrucciones que reciben desde arriba son contundentes: todo hombre que no sea imprescindible en su posición, debe ir a luchar morir por la patria.

 

En este punto, la luz que hasta entonces nadie había podido ver – y muchos de los que vivieron aquella época jamás la llegaron a ver – se abre paso como un fogonazo.

A pesar de las pesadillas que le siguen causando a los soldados la imagen de la madre muerta abrazando a su hija dentro de aquel armario.

En sus inspecciones rutinarias, cuando se pone los auriculares Werner detecta una nueva emisión clandestina. Sólo que, en esta ocasión, no escucha a ningún hombre hablando en ruso.

Esta vez escucha con nitidez la voz de una mujer francesa, que pone música clásica. Y, al terminar la canción, enumera con dulzura unos códigos.

Creyendo que pudiera haber sido un error, Werner vuelve a sintonizar la misma frecuencia, a la misma hora, en sucesivos días, y siempre al otro lado del aparato está Mari-Laure, presentando una bella canción de ópera, antes de emitir los números y cerrar la conexión. Lo que no se imagina es que Mari-Laure es ciega, y ya jamás podrá ver ninguna luz. Al menos, tal y como la gran mayoría las percibimos.

 

Se me viene a la cabeza la escena de la película «Cadena Perpetua», en la que Red – interpretado por el mítico Morgan Freeman – describe lo que siente cuando su amigo Andy se cuela en el despacho del Alcalde de la prisión, y hace sonar a todo volumen una canción de ópera en el patio de la cárcel, donde solamente se escuchaban instrucciones deshumanizadoras.

En ese momento en que suenan unas voces de mujeres italianas, todos los presos se giran con incredulidad hacia los altavoces, sin entender nada de lo que está sucediendo. Y Red dice:

«A día de hoy no entiendo qué querían decir aquellas italianas, y lo cierto es que no quiero saberlo. Aquellas voces te elevaban más alto de los muros de la cárcel en la que estábamos metidos. Las buenas cosas, no hace falta entenderlas.»

En la película «Cadena Perpetua», cuando suenan en el patio de la cárcel las italianas cantando ópera, todas aquellas almas atormentadas encuentran un momento de paz, elevándose por encima de los muros donde se encontraban encerrados

 

Werner, como siempre, triangula la posición de la emisora. Sólo que, esta vez, no le dice a ninguno de sus compañeros que ha escuchado nada. Se guarda para sí mismo su pequeño secreto, sabiendo que el mensaje cifrado que esta mujer esté transmitiendo, pueda terminar con su vida.

Con el instinto asesino que ha desarrollado en los últimos meses – el mismo que tiene un tigre a punto de coger por el cuello una gacela con una pierna rota – no le cuesta nada localizar la casa donde la pequeña Mari-Laure está escondida.

Es plenamente consciente de que con sólo una conversación suya con un superior, oficiales alemanes la ejecutarán en cuestión de minutos.

 

A pesar de que su uniforme alemán le confería autoridad en Saint-Maló – al menos de momento -, un día se arma de valor, y se presenta en la casa de la pequeña niña ciega Marie-Laure, de forma extraoficial. Lo que está suponiendo un acto de traición hacia su patria.

Lo que sucede a partir de este momento no te lo voy a contar, y tampoco es lo que esperas.

Sólo puedo decirte que aparece La Luz que ninguno de los que estaban implicados en la trama, Podía Ver.